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Jueves, 19 de Enero de 2021

Comentario Efigies del Desierto

No es por nada pero “Efigies del Desierto” merece unas líneas en este grupo. Gracias amigo Ricardo Josadht por tu o maravilloso poemario. 

Con un grupo de conocidos escritoresAmazónicos, residentes en de la ciudadde Tarapoto acordamos intercambiarnosalgunos libros que tenemos en nuestra biblioteca, así que mecomprometí intercambiar “Mares de Cocaína” con Ricardo Jhosadht y fiel a su palabra él me entregó “Conversación en laCatedral “del escritor Mario Vargas Llosa, obra que fue publicadaen el 2008 y ustedes saben que ese libro tiene 630 páginas, así que,mientras me estaba dando tiempo de leer, haciendo un buen usode mi domingo caluroso, y ya en la página 56, vi una sombraparada en la ventana de mi casa, pensé que alguien venía avenderme algo, era domingo, así que mi compadre fue ver quienllamaba y pronto eran dos sombras que conversaban, una de ellasentregaba algo a la otra y casi de inmediato la primera sombradesapareció dejando que la segunda se acercara, era Víctor quevenía a entregarme uno de los mejores y excelentes poemarioselaborados hasta ahora en la Amazonía, lo digo no solo por lapresentación de la carátula, que desde ya es atractiva, en eso deboreconocer el buen trabajo de la editorial “Trazos” que le ha puestoespecial cuidado a la producción, supongo que fue un trabajo enequipo con el autor; sino también por todo lo que contiene: elprólogo es un deleite de líneas poéticas en prosa escritas por FélixMaquén Gamarra, otro poeta brillante que vive en la calurosaciudad de Bellavista; las ilustraciones que son verdaderasemociones que resumen los capítulos del libro plasmadas en cadaexpresión plástica de Beringh Oliveira, un artista loretano que sinduda gozó la lectura de cada verso del poemario de mi amigoRicardo Josadht, un amazónico que nació con alma y voz de poeta.Realmente su libro “Efigies del Desierto” constituye unlaboratorio de producción de poesía, llenas de figuras, imágenes,música, color y títulos poco usuales que me conmovieron y mecargaron de curiosidad y entusiasmo obligándome a abandonar untiempo la producción de nuestro Nobel. ¡oh, pero, qué buenaelección la mía!, porque de hecho la poesía siempre lo merece yen esta ocasión aún más, así que Efigies que es la representaciónde una persona, generalmentereproducida en una moneda, unapintura o una escultura, según laRAE, es el grito del poeta que noshabla del Libro de Génesis - Lasgotas del desierto, del libro éxodo -del espejismo de Cannan delEpílogo – Efigies del desierto y enmedio de ellos títulos en árabes yespañol que resumen susexclamaciones poéticas acertadas.Leerlos me ha producido éxtasis literario tierno, meditabundo yperturbador que creí conveniente compartir con ustedes estaexperiencia tan linda a ver si también les provoca las ganas deleerla, yo continuaré más tardecito con “Conversación en lacatedral” y luego les cuento, ahora debo trabajar en mi otro oficio,buenos días, noches o madrugada. Ahí les dejo un poema y másallá el prólogo:PRÓLOGO DEL POEMARIO “EFIGIES DEL DESIERTO”l corazón del hombre es impredecible, es un volcánhiperactivo que, con la sinergia de la edad, implosiona yrompe el claustro de la ardiente lava de sus emociones.Esa lava enclaustrada que busca libertad, voz que clama yse rebela contra los témpanos del odio, verso que se enfrentacontra desiertos y olvidos, es la ansiada entelequia que del almabrota y eleva al hombre a la condición suprema de ser humano(inteligente y contestatario), es la palabra que emplea RicardoJosadht en su afán de encontrar respuestas en sus “Efigies deldesierto”.“Gotas de desierto” y “Espejismo de Canaán” conforman el haz yel envés que hoy nos entrega el poeta. En “Gotas de desierto”, la existencia no tiene porqués. Su corazón aún late verdes tormentas de selva, pero está enraizado al árido desierto, a ese cielo de ojos aparte, a esas flores mutiladas de sentimiento, que le claman que hable por ellos. La frialdad, la ambición, las miserias humanas, siniestran su corazón; lo aíslan, huye, es una carrera de vida o muerte que lo aleja de la maldad del hombre, de los desiertos que raudos crecen en el mundo y van cercándolo con sus engañosas apariencias. En su huida llega al bosque, a un parque, donde se descubre pequeño, y en la nostalgia evoca su niñez. Ahí, viendo a los padres cuidando y ansiando los juegos felices de sus infantes hijos, lo anima y rescata, le devuelve el deseo de amar, de ser siempre como esos niños que llevan sus niños a los parques. Vislumbra la palabra cielo, la palabra inocencia, tan próximas al olvido: “Esos mensajeros de pies plomos, los niños tuyos, /SEÑOR, no tienen noche, y el amor ya se te acaba”. ¿Si no queremos ser de amor, por qué los niños?, ¿pagar por un instante de falso afecto, eso quiere el hombre?... En la selva baja, llueve continuamente, tanto que la melancolía es un matiz constante en la imagen del ser amado. El poeta pisa el afilado borde del abismo; desde donde, ella está llamándolo; él, aferrándose a la luz de un relámpago: “Yo quisiera escribir Poesía, y que nadie me mire. Y que nadie critique mi falta de tiempo para dibujar los trazos de las células de tu piel y mi cabellera”. Expresa su desesperanza, el dolor de vivir, la vergüenza de no superar sus heridas. Y siente el cansancio de ir y volver siempre por el mismo camino, de llegar al mismo desierto, al fuego que siniestra, al hielo que bloquea, a la eterna incertidumbre de una realidad de antifaces. 

En “Espejismo de Canaán”, el poeta reflexiona, inicia su propia búsqueda, se aleja, no por distanciarse; sí por acercarse a la conjunción alimento y abrazo, en el estado más puro, que esencia humana es, para quien ha luchado contra las diferentes caras de la muerte y de la injusticia que golpea a los pobres. He aquí su verbo: “Si Dios existe - es de la inmensidad de un niño/ si vive — debe tener su piedad — /si Es — debe tener su inocencia — /su emoción para jugar — sus ansias de explorar lo ignoto/ el entusiasmo de sus paseos en bicicleta — el salto al improviso — / La sabiduría que les concede - el no vivir”. Esa vida de ternura que descubre en los ojos de su hija, que, sin decir palabra, lo insta a ser valiente, a seguir luchando por su realización. Es el más grande manifiesto de amor y, por ella, decide buscarle salida a sus desencuentros; excavar bajo la piel hasta encontrar la luz que le permita asumir la dignidad de merecer el deleite infinito de su mirada inocente; aunque para lograrlo haya pasado a través de su propia muerte, después de haberse acabado las uñas excavando en el frío mortal del abandono, aun cuando nadie preste atención a las señales de las aves agoreras de la selva; a pesar de la evidencia y el llanto estremecedor de la ayaymama, que plañe el velorio absoluto de las manos asidas y contritas, ante un cadáver que: “no ha de levantarse/ No ha de echarse a andar/ No abrazará/ Al primer hombre que lo circunde/ No toserá su aliento de pandemia/ No ansiará/ Un sudor de multitud”. El poeta se decepciona y piensa que nada es más fuerte que la muerte, que estamos avisados. La fatalidad en él, no es un manifiesto de pesimismo, es una advertencia de que las cosas pueden y deben cambiar. 

En el “Epílogo: Efigies del desierto”, sin alejarse de la poesía, de la cual ha hecho su modo de comunicarse, se desprende que, en cualquier parte del mundo, la muerte, con sus oídos sordos, es un inmenso drama que ahonda vicios y miseria; es la desventura cotidiana de los vulnerables. Hay un quebrantamiento en el estilo, sin ser ajeno al contexto global del libro, regresa a sus orígenes y busca explicar sus influencias, crea formas, matices inexplorados, se vuelve selva, coincide con su gente, su dialecto y sus costumbres, con la más recóndita de sus enseñanzas, su ascendencia, e influencias en su escritura. De entre ellos, surge con sus ícaros de ayahuasca para alinear su alma y caminar hacia el desenlace: “a donde todo concluye/ y pueda llevarte eterna en mi boca y no contadas veces…” (…) “Acércate a la mesa… Ya está tu caigua bien cocida… / y en la tushpa hierve un asiduo cariño, que no pude darte…”. El poeta se duele de la tragedia indetenible del mundo, ve en las pinturas de César Calvo de Araujo, la semejanza del hombre con el hombre, con el indígena, con el árbol y la naturaleza; recuerda a Javier Heraud sacrificado por el río; y alza el clamor de su voz que, sin duda iluminará por siempre: “quemando el sombrío rostro del silencio”. La feraz imaginación del autor, encuentra en la retórica las herramientas perfectas para crear nuevos polirritmos y colores en la poesía. Josadht, es un artista incansable, creador de estructuras y fondos, de imágenes, alegorías y tesituras que, en el vórtice de sus desbordantes emociones, se desnuda y se deja ver convertido en una gota de agua, que busca su cordón umbilical entre los árboles y los hombres; armonía que, al no encontrarla, lo enfrenta con un cielo que no le pertenece y que lo convierte en “nada”. “Efigies del desierto”, incide en que el amor es un dolor que necesita un dolor más grande y terrible, para explosionar, y hacer daño y desaparecer todo lo que toque; porque sólo así, sabiéndose nada, sintiéndose nada, renacerá como una gota al oasis. Y él, la mano que se oculta, ansiada alfaguara, será poesía en todos los labios que besarán el mundo, sin duda la más honda impronta, el eje tropológico en el que girará el universo de una distinta identidad.

El universo poético de Ricardo Josadht, es un cla mor social imposible de no oír. Los versos que conforman este libro, desnudan el alma de un joven poeta, que deja la piel y el corazón en cada una de sus páginas, lo sitúan en el punto exacto desde donde emprenderá la odisea para enfrentar las batallas que [de seguro] lo catapultarán a la cima más alta de la literatura peruana. 

José Félix Maquén Gamarra
Bellavista, San Martín , mayo de 2020